El pensamiento, los libros y el fuego

Falta poco para el 10 de diciembre. Una fecha que, para cualquier lector de otras latitudes, podría no significar mucho. Sin embargo, esa fecha está... Por Cuarto Intermedio

Falta poco para el 10 de diciembre. Una fecha que, para cualquier lector de otras latitudes, podría no significar mucho. Sin embargo, esa fecha está llena de contenido, en la austral República Argentina. Contenido pasado, presente y futuro.      

(Cuarto Intermedio – 2 de diciembre de 2011)- En lo que al pasado se refiere, el 10 de diciembre es una fecha cargada de simbolismo. Allá, por 1983, el difunto Raúl Alfonsín asumía el gobierno después del período más oscuro de nuestra historia moderna; equivale a decir que la recuperación de la democracia es la fiesta de la liberación y la libertad. No es un dato menor, considerando que es el período constitucional más prolongado -sin interrupciones- en los últimos 100 años.Con relación al presente, el 10 de diciembre es simplemente la fecha de recambio de autoridades. En pocos días, una gran cantidad de ciudadanos, escogidos en elecciones abiertas y libres, asumirán o renovarán sus cargos. Nada más, y nada menos. Incluyendo, por supuesto, a la Presidenta de la nación, que comenzará su segundo (¿y último?) mandato.Pero el fondo de la cuestión es un tema que ha sido recurrente desde estas líneas, y versa sobre el rumbo de nuestro país. ¿Hacia dónde vamos? El 10 de diciembre de 2011 es la oportunidad de confirmar que la Presidenta decidió volverse una estadista (si es que estadista se hace y no se nace), o si continuará el maquillaje para que algo cambie para que nada cambie.En Pamplinas, su blog del diario El País, Martín Caparrós, reciente ganador del prestigioso premio Herralde, escribe con algunos ejemplos y mucha ironía, que las palabras, para los argentinos, no están en decadencia, sino que, acaso, “nunca estuvieron mejor”. En realidad, el disparador de la reflexión es la decisión de retener en la aduana el ingreso de libros al país; acto que pretendió evitar -al menos por un tiempo- la salida de dólares al exterior.El sagaz Caparrós, el mismo que fuera considerado un leal pensador de izquierda por intelectuales “K” y hoy criticado por el pretoriano Verbitsky (http://bit.ly/sCFKpw), describe cómo los argentinos aceptamos el relato que sostiene que aun transpirando al rayo de sol, elegimos romper el termómetro y sostener que hace frío (basta citar el intervenido Instituto Nacional de Estadísticas y Censos). Agrega también que la habilidad de los gobernantes de turno ha logrado escribir una nueva historia y, por ejemplo, a partir de Él (la denominación del finado Néstor Kirchner), construir un nuevo mito.El 10 de diciembre, hacia futuro, se torna central en tanto la administración elegirá entre continuar con un relato y un discurso único o más bien decida optar por un camino de sinceramiento, aceptando los errores cometidos, y trabajando por el bien común.  Las medidas tales como la eliminación de subsidios, la mención presidencial a la inflación, la reunión con Obama, ¿son por caso señales que vislumbran la aceptación de una realidad compleja y plural en dirección a un país normal? ¿O seguiremos sumidos en un debate maniqueo en donde de un lado está la verdad única y absoluta y del otro los traidores y boicoteadores a la patria?En su último párrafo, Caparrós escribe “quizá piensen, como el califa Omar en el cuento de Borges, que ya hay demasiados libros y que el Corán es suficiente y que los libros que lo repiten son superfluos y los que lo contradicen son sacrílegos -y los manda quemar-. Quizás piensen que lo que hace que un libro sea digno de leerse es que sea nacional, y a los demás que los encierren”.No se si los libros encerrados en la aduana fue meramente una decisión de un secretario de coyuntura, o si esta forma de pensar y actuar será la que domine el próximo lustro. Pero de una u otra manera, humildemente, me permito agregar que Borges finaliza su escrito -titulado Alejandría, 641 A.D.- así:

Ya lo dijo Borges, el fuego no acabó ni acabará con los libros, el conocimiento, y la pluralidad. Pero lo que sí puede hacer pretender moldear la realidad a la fuerza es costarle tiempo al país, con todos los efectos perniciosos que ello tiene para su gente.